SIX SEVEN Y FARMEANDO AURA: MILEI NO RECONOCE A LULA Y SU VOCERO QUEDA PEGADO CON UNA MENTIRA.

Mientras el Gobierno de Javier Milei se obsesiona con el «six seven», el farmeo de aura y la pose de pibe canchero, la diplomacia argentina protagoniza un papelón de proporciones regionales: no puede ni siquiera reconocer formalmente el triunfo electoral de Lula da Silva en Brasil. El Presidente que se vende como un líder mundial terminó escondido detrás de un silencio infantil, incapaz de emitir un comunicado para reconocer el resultado de una elección en el país vecino.
El encargado de ponerle palabras al ridículo fue el vocero presidencial, Adrián Ravier, quien confirmó que no habrá ningún pronunciamiento oficial, ni siquiera de Cancillería. «Se tomó nota del resultado electoral», dijo, como si estuviera informando que llegó una factura y no hablando de una elección presidencial. Consultado sobre la posibilidad de emitir un comunicado, insistió: «Por ahora no hay ningún comunicado que vayamos a realizar». Una respuesta de oficina para disimular una decisión política que deja a la Argentina en una posición insólita.
Pero el papelón no terminó ahí. Para justificar el desplante, Ravier aseguró que Lula no había tenido ningún gesto con Milei cuando el libertario ganó las elecciones en 2023. El problema es que ese antecedente se lo inventó: Lula publicó un mensaje en el que reconoció el resultado, felicitó al pueblo argentino y le deseó éxito al nuevo gobierno. La Cancillería brasileña también manifestó su voluntad de trabajar con la administración libertaria. No es una cuestión de interpretación: el registro público contradice al vocero.
Ahí es donde el farmeo de aura se convierte en una caricatura. Milei pretende proyectar una imagen de tipo duro, disruptivo y poderoso, pero cuando tiene que manejar una relación estratégica con el principal socio comercial de la Argentina, elige el berrinche ideológico. En lugar de actuar como jefe de Estado, se comporta como un usuario enojado porque el otro no le festejó una publicación. Mucha pose, mucha provocación y muy poca diplomacia.
El Presidente se metió de lleno en la campaña brasileña para respaldar a Flávio Bolsonaro y descargó insultos contra Lula y Alexandre de Moraes, juez del Supremo Tribunal Federal. Sus declaraciones provocaron una protesta diplomática de Brasil, que convocó al embajador argentino para pedir explicaciones. Ahora, después de la derrota de su candidato, el Gobierno ni siquiera puede hacer lo mínimo institucional: reconocer el resultado y seguir adelante.
Ravier intentó bajar el precio del conflicto asegurando que las relaciones comerciales y el trabajo dentro del Mercosur continuarán con normalidad. Pero esa explicación no borra el espectáculo. Brasil es un socio central para la economía argentina, no un rival de redes sociales al que se castiga con el silencio porque gobierna alguien de otra ideología. Las diferencias políticas existen; lo que no debería existir es una política exterior reducida a la bronca personal del Presidente.
El contraste es brutal: mientras Milei busca mostrarse como un líder global, su Gobierno se enreda en una excusa falsa para justificar que no quiere reconocer una victoria electoral. El «six seven» y el farmeo de aura podrán servir para alimentar la estética de las redes, pero no reemplazan una política exterior seria. Cuando la pose importa más que el Estado, la imagen de fortaleza termina convertida en papelón.
Y lo más absurdo es que ni siquiera hacía falta simpatizar con Lula para reconocerlo. Bastaba con respetar el resultado democrático, como corresponde entre países vecinos. Pero el Gobierno libertario eligió convertir un trámite institucional en una escena de resentimiento político. Mucho discurso sobre libertad, democracia y liderazgo; a la hora de los hechos, un silencio incómodo y un vocero tratando de sostener lo insostenible.
