Ajmechet y Malvinas, del rechazo a la soberanía:“las Malvinas son argentinas”

Sabrina Ajmechet volvió a hablar de Malvinas y eligió hacerlo con una frase que, en cualquier otro contexto, no debería generar demasiada discusión: “Las Malvinas son argentinas”. El problema es que en su caso hay un antecedente que todavía pesa y que ella misma sabe que forma parte de la discusión política.

La diputada de La Libertad Avanza salió a responder a quienes recuperan sus antiguas publicaciones en redes sociales y escribió: “Y sí, vengan de a uno con mis tuits del 2012 absolutamente sacados de contexto”. El mensaje buscó dar por cerrada la polémica, pero terminó volviendo a ponerla en el centro de la escena.

En aquellos años, Ajmechet había publicado mensajes en los que cuestionaba la soberanía argentina sobre las islas. Una de las frases que más repercusión tuvo fue contundente: “Las Malvinas no son ni nunca fueron argentinas”. Con el paso del tiempo, esas publicaciones se transformaron en uno de los puntos más incómodos de su trayectoria política.

La contradicción no pasó inadvertida dentro del propio oficialismo. Victoria Villarruel, una de las dirigentes que más fuerte levantó históricamente la bandera de Malvinas, había cuestionado públicamente a Ajmechet por aquellas expresiones y llegó a calificar su postura como una “vergüenza”. El enfrentamiento entre ambas terminó convirtiéndose en otro capítulo de las internas que atravesaron al espacio libertario.

Ahora Ajmechet busca mostrar otra posición. Habla de soberanía, reivindica la pertenencia argentina de las islas y sostiene que “la soberanía nacional no se declama, se ejerce”. El cambio de discurso es evidente y, por supuesto, cualquier persona puede revisar sus ideas y modificar una postura. Lo que no puede pretenderse es que el pasado desaparezca porque resulta incómodo.

El punto de fondo no es solamente qué escribió Ajmechet hace más de una década. También está en juego la forma en que determinados dirigentes acomodan sus discursos cuando llegan a ocupar cargos de responsabilidad política. Una cosa es escribir una opinión en redes sociales y otra muy distinta es representar al Estado argentino y hablar sobre una causa que atraviesa generaciones.

Malvinas no es una consigna que pueda utilizarse según las necesidades del momento. Para la Argentina, la cuestión de la soberanía sobre las islas forma parte de una política de Estado y está profundamente vinculada con la memoria de quienes combatieron y murieron en la guerra de 1982.

Por eso, cuando una dirigente que en el pasado cuestionó explícitamente la soberanía argentina aparece años después reivindicándola, es lógico que surjan preguntas. ¿Cambió de opinión? ¿Reconoce que aquellas publicaciones fueron equivocadas? ¿Fueron realmente sacadas de contexto? ¿O simplemente cambió el discurso porque cambió el lugar desde el que habla?

Ajmechet tiene todo el derecho a explicar su posición actual. Lo que no puede pedir es que quienes recuerdan sus propias palabras sean tratados como si estuvieran inventando una historia. Los tuits forman parte de su trayectoria pública y, justamente por eso, también forman parte del debate.

En definitiva, el tema excede una pelea personal entre dirigentes libertarios. La discusión sobre Malvinas merece algo más serio que cruces en redes sociales, provocaciones y acusaciones entre integrantes de un mismo espacio político.

Las Malvinas son argentinas. Esa posición no necesita adaptarse a la conveniencia de ningún gobierno ni de ningún dirigente. Y quienes alguna vez sostuvieron lo contrario tienen derecho a cambiar de opinión, pero también tienen la obligación política de explicar ese cambio.

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