Locura, miedo y despidos en Olivos: Milei echó al personal de la residencia y militarizó el servicio.

La Quinta de Olivos volvió a quedar en el centro de la escena por una decisión que expone, una vez más, el particular clima que rodea al presidente Javier Milei. El Gobierno desplazó a trabajadores civiles que cumplían tareas en la residencia presidencial y resolvió que personal de la Casa Militar pase a hacerse cargo de funciones que hasta ahora estaban en manos de empleados civiles.

La medida alcanza al personal que trabajaba en distintos servicios de la residencia, incluidos mozos, cocineros y trabajadores de mantenimiento. La explicación oficial apunta a cuestiones de seguridad, eficiencia y control de la información. Pero detrás de esa versión aparece otro dato que vuelve a poner el foco sobre el estado de ánimo y los arrebatos del Presidente.

En las últimas semanas comenzó a circular dentro de los ámbitos vinculados a la residencia una versión según la cual Milei quedó convencido de que uno de sus perros había sido envenenado. Esa sospecha, que no fue confirmada oficialmente, habría contribuido a profundizar la desconfianza del Presidente hacia quienes trabajan dentro de Olivos.

El episodio se suma a otros relatos sobre reacciones intempestivas de Milei frente a situaciones vinculadas con la comida. Según trascendió, en una oportunidad el Presidente habría perdido los estribos porque el churrasco que le sirvieron no estaba en el punto que había pedido y terminó revoleándole el plato a un mozo.

El dato, de confirmarse, no sería apenas una anécdota sobre el carácter presidencial. Adquiere otra dimensión cuando se lo coloca junto con la decisión de sacar del servicio a todo el personal civil que atendía en la residencia y reemplazarlo por efectivos vinculados a la Casa Militar.

De esta manera, un enojo por un plato de comida, la sospecha sobre una posible intoxicación de una mascota y el temor a filtraciones aparecen mezclados con una reorganización que termina desplazando a trabajadores civiles y poniendo a militares al frente de tareas cotidianas dentro de la residencia presidencial.

La situación tampoco puede separarse de la polémica que se desató por la compra de alimentos para Casa Rosada y Olivos. La licitación por alrededor de 29 toneladas de carne y otros productos, por un monto cercano a los $500 millones, generó repercusión política y mediática y, según trascendidos, habría provocado también malestar dentro del entorno presidencial.

Así, mientras públicamente se habla de seguridad y reorganización, en el interior de la residencia presidencial se acumulan versiones sobre filtraciones, sospechas, enojo y reacciones explosivas.

El resultado concreto es difícil de disimular: los civiles que durante años se encargaron de servir la mesa presidencial quedaron afuera y el servicio pasó a quedar bajo control de la estructura militar.

Una cosa es ordenar una residencia presidencial. Otra bastante distinta es que la respuesta a cada sospecha, filtración o episodio de malestar termine siendo una purga.

Y en Olivos, mientras el Gobierno intenta presentar todo como una cuestión de eficiencia, las versiones que circulan describen un escenario bastante más inquietante: un Presidente cada vez más desconfiado, rodeado de sospechas y con reacciones que, según los propios trascendidos, pueden pasar de un churrasco mal cocido a una reestructuración completa del personal de la residencia.

La pregunta ya no es solamente quién sirve la mesa en Olivos. Es qué está pasando puertas adentro de la residencia presidencial para que el servicio civil termine militarizado y cada episodio de enojo presidencial desemboque en una nueva explicación oficial.

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